El DJ del bus (II)

bus
Reflejos en un autobús cualquiera. Foto @pacoavila

Viajar por Japón es pasarte muchas horas en transportes públicos. Muchos de ellas en tren y en autobús.

Una gorra de plato, guantes de un blanco impoluto y auriculares con micrófono incorporado. Llega treinta minutos antes y se viste para la ‘performance‘ diaria, esa en la que agradece con voz mecánica a cada cliente que entra y sale del establecimiento, mientras ameniza la sesión realizando cualquier tipo de ininteligible comentario al respecto.
Suena la voz grabada anunciando la próxima parada. Se ilumina la pantalla con las indicaciones del importe del billete y el recordatorio: «Se paga después; se entra por el final, se sale por el principio«.
Así durante ocho o más horas, así durante durante no-sé-cuántos inviernos, porque en Japón es habitual encontrarse a muchos asalariados trabajando a edades avanzadas, algunos incluso realizando servicios sociales, cuidando los jardines públicos o ejerciendo de improvisados guías turísticos en museos o exposiciones, aunque también son muchos los que se refugian entre el insoportable ruido de un salón de pachinko o se dedican a venerar a sus muertos entre la quietud de Koyasan, ese contraste con el que jugué en el anterior texto.
Ese conductor del bus tiene en su poder una máquina enigma , o al menos eso crees la primera vez que la ves y no te das cuenta – porque nadie te lo va a explicar- que simplemente sirve para dar cambio y facilitar la fluidez a la hora del pago, ya sabes: «Se paga después, se entra por el final, se sale por el principio«.
Superado el arcano de la máquina, la siguiente misión puede ser bastante más complicada, porque lo es deshacerte de un simple papel o buscar un lugar donde fumarte un pitillo por la calle que puede llevarte unas cuantas horas. Dicen que no existen papeleras porque Japón es un país hiperlimpio y que para qué fumar por la calle cuando hay esquinas habilitadas para ello y siempre lo puedes hacer en cualquier restaurante. Curioso argumento.
Intuyo que la procesión de personajes como nuestro protagonista de hoy debe ir por dentro. ¿Qué vida puede tener más allá del volante de cualquier autobús el conductor que se pasa todo el día agradeciendo en voz alta a los usuarios cada vez que depositan el importe de su billete a la salida? Y es que esos tormentosos personajes que dibuja Murakami en muchas de sus novelas te los encuentras en cada esquina, hombres sudorosos y bien vestidos que se duermen en los metros; mujeres que parecen vestidas con ropa de mercadillo y que los días de fiesta sacan a pasear su traje de geisha mientras se fotografían en alguno de los miles de templos que decoran el país.
Cuando se despoje de su gorra de plato y sus manos queden libres de esos ridiculos guantes blancos, también se habrá liberado de su papel de disc jockey al volante. Su tormenta habrá terminado y habrá sobrevivido a otro día más. Seguramente entonces recordará aquella cita de Haruki: «Cuando salgas de esa tormenta, no serás la misma persona que entró en ella. De eso se trata la tormenta» o aquel momento en el que todo tuvo sentido como aquel incidente en Hashimoto que descubriremos en la siguiente entrega.

las fotos del viaje en Instagram

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