tirita

Las orejas de la bandita

He descubierto hace muy poco la prosa de Leonardo Padura y me está emocionando “Como polvo en el viento” su última novela, la primera que leo de este brillante escritor cubano. Tiene la certeza de que entre los jóvenes cubanos la idea de los proyectos colectivos desapareció, de que necesitan soluciones individuales y que una de ellas es irse de Cuba. De eso trata “Como polvo en el viento“, novela de la que he rescatado este maravilloso pasaje:

– A ver, dame el dedo – le pidió a Elisa y, con mayor delicadeza aún, procurando no lastimarla, colocó la almohadilla absorbente sobre la herida que ya apenas sangraba y comenzó a tirar de las orejas de la bandita para fijarla del mejor modo posible. Mientras realizaba la operación, Clara sintió que el vientre ya protuberante de Elisa tocaba el suyo y respiró golosa el olor del perfume, el champú, los afeites de la amiga: olores de mujer. Cuando terminó de colocar la banda sobre el dedo, Clara se quedó unos instantes con la mano de Elisa entre las suyas. ¿Cuánto tiempo es un instante? ¿Qué cabe en un instante? Y no supo en qué fracción de aquel instante quizás desasido del tiempo o señor de todo el tiempo, mientras su abdomen plano recibía la opresión del vientre inflamado de la otra, se inició un movimiento (¿de ella?, ¿de Elisa?, ¿de ambas?) y los labios de las dos mujeres se unieron, Clara percibió cómo sus piernas temblaban y su cerebro procesaba el sabor afrutado de la saliva de la otra, la pulpa de sus labios, el vigor de su lengua suave y afilada, sus dientes buscando carne. ¿Otro instante más o más que un instante? ¿Qué pensó, qué sintió, qué degustó y tragó, dio y recibió? ¿Cuál de ellas había roto el equilibrio? Todas esas preguntas se las haría después, porque un llamado la paralizó y borró el intenso proceso de asimilación de sensaciones que alteraban sus pulsaciones.

– ¡Mami, mami! -gritaba su hijo Marcos, ya asomado a la puerta de la habitación.

Clara aún sostenía en sus manos la mano herida de Elisa y quizás tardó más de un instante (¿el mismo u otro instante?) en volver la cabeza, sentirse mareada, recuperarse y hablarle a su hijo menor

– ¡No grites, Marquitos, por Dios! -gritó ella, alterada. ¿Qué había visto su hijo?

– ¿Qué le pasó a Elisa? -preguntó el niño.

– Una cortadita… Ya está curada

Leonardo Padura. Como polvo en el viento

La foto es de Luis Villasmil

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Qué veo. Qué leo.

La frase

La vida al final se convierte en un acto de renuncia, pero lo que causa un mayor dolor es no tener un momento para despedirse.

La vida de Pi