manos

Nada que temer

Aunque seguramente conocía cuál iba a ser su destino, lo vivía con la tranquilidad del que había asumido que había llegado el momento.  Entero, consciente, sabía que su vida dependía de una moneda al aire, pero mientras tanto tenía decidido olvidarse y vivir esos momentos.

Tengo un buen recuerdo de esas últimas horas, de la calidez de sus manos, de esa mirada serena y de alguna sonrisa, aunque fuera forzada por la situación. Llevaba unos cuantos días en el hospital, donde las idas y venidas eran continuas. Allí, entre pruebas y más pruebas, habíamos tenido tiempo para ver un clásico de fútbol femenino, hablar sobre el Barça y la vida. Había tenido la ocasión de afeitarle, no sabía que sería por última vez, y teníamos conversaciones que hacía mucho que no habíamos tenido.  Gueorgui Gospodínov, el autor de ‘El Jardinero y la muerte’ -de quien he tomado prestado el título de este post- asegura que la enfermedad fuerza  “a que se den las conversaciones no mantenidas”, una especie de “intimidad aplazada”. Y seguramente sea así.

Hablamos mucho aquellos días, mucho más que en los últimos tiempos. Los silencios con él siempre eran incómodos y además intuía que no nos quedaban muchos momentos.

Hablamos de mis hijas, que lo idolatran porque con mi padre compartieron gran parte de su infancia y posteriormente de su adolescencia, y me emocionó cuando habló sobre Lucy, sobre sus desvelos, sobre sus atenciones, sobre cómo lo había sostenido. Él sabe que ella es el centro de nuestro universo.

Con pena, también me habló de su Pepita, el centro de su vida hasta que todo se apagó hace ahora unos años. Nunca pudo entender por qué le estaba pasando esto a ella y por qué a él, maldijo no haber podido comunicarse nunca más con ella y que ni tan siquiera le reconociera últimamente.

Han pasado más de cinco meses desde que se fue. Tranquilo, confiado, mientras me apretaba la mano y me miraba con ese punto de tristeza infinito que siempre le acompañaba en los últimos meses. Le echo de menos mucho más de lo que hubiera imaginado, pienso muchas veces en él, en silencio, lucho contra sus ausencias y los recuerdos, mientras muchos domingos siguen cayendo como losas. Cuando sentimos estas pérdidas nos preguntamos si seguimos existiendo cuando se va la última persona que nos recordaba como niños, pero no me lo quiero plantear. Nuestro mundo es tan pequeño que no nos lo podemos permitir.

Intentaba imaginar qué se siente en una noche así, en la última noche, en las últimas horas. Y yo, que creo en las palabras, no tenía palabra alguna. Pero eso tampoco importaba, lo que importaba era aferrarle la mano, él apretaba la mía, atravesábamos el puente de la noche y en breve íbamos a separarnos. Por primera vez estaba acostado junto a alguien que se moría.

Yo aferraba su mano en la oscuridad y era todo lo que podía hacer.
Es importante darles la mano mientras se mueren, le digo a un amigo que también ha perdido a su padre.
También es importante soltarlos después, responde él tras un breve silencio.

El duelo en realidad es egocéntrico, duelo por uno mismo en un mundo abandonado.

Gueorgui Gospodínov, ‘El Jardinero y la muerte’

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La frase

Todo se va a ir al demonio, pero igual debemos de sonreír.