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Días de verano

Días de calor, de insomnio, de puestas de sol y de atardeces, de madrugones y de trasnoches. De risas y de familia, de abrazos y de alguna lágrima, de siestas, de lecturas, de mil kilómetros en bici y de muchos paseos entre pinares.

Han sido los primeros en un nuevo lugar con todo lo que supone. De esperas de los repartidores, de lavar los platos a mano, de escuchar el zumbido del ventilador gigante mientras los ojos se cierran  con el sonido de fondo de Carlos de Andrés.

También han sido días de lectura y de la escritura de algunos textos, pocos, como éste en las Margaritas. De la paella del verano, el momento culminante del estío mallorquín, una tradición que nunca tenemos que dejar de perder.

El estreno de Inés enredando por toda la casa, sus persecuciones a Cloe y Milka,  los primeros días de convivencia de la familia en otro espacio, con lo que ello supone, y también  la tranquilidad, de sentir el mar cerca, de poder disfrutarlo a dos minutos de casa, sin prisas y sin agobios.

Hace mucho que no me sentía así: en paz conmigo mismo, tranquilo, relajado. He olvidado teléfonos y relojes en un cajón hasta el punto que no sabía ni el día ni la hora en la que vivía y el tiempo ha volado, abrazando a los míos y pensando ya en los próximos días en los que acabará el verano, pero llegará el otoño y otra vez empezará el ciclo: fines de semana, trabajo hasta alta horas de la noche… Por mucho que haya vivido demasiado tiempo así, más de 37 años, nunca he acabado de acostumbrarme, pero sé que ha llegado el momento de acabar de disfrutar de lo que elegí y de iniciar un nuevo curso con toda la fuerza de los anteriores, porque aún no ha llegado el momento de verbalizar la memorable frase del maestro Cortázar: «Cuando uno dice que se va, es que ya se ha ido», porque no estoy en ese instante, tan solo más cerca de otra máxima de otro maestro: Johan Cruyff y de su “Salid y disfrutad”. Ese es mi deseo. Carpe diem.

Suena Días de verano

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La frase

Cuando uno dice que se va, es que ya se ha ido