reseña

Eterno Rollán: Intrahistoria (1)

Me dicen que es una muy buena señal que no me obsesione con las fechas y mejor aún que, aunque lo tuviera en la cabeza, no escribiera nada ese día sobre ti. Ya sabes, a veces va bien resetear la mente, buscar un poco de distancia y pensar en la amistad, la amistad verdadera sin culparse de nada, recordar los buenos momentos, los de ayer y los de cada día para evitar esa trituradora de neuronas que puede suponer abrir los ojos cada día.

Afortunadamente ahora no es el caso. No es que todo esté en su sitio, sino que parece que está mucho mejor: dándole importancia a lo que merece y obviando eesos pensamientos negativos con los que malgastamos muchas veces el tiempo, sin disfrutar de cada minuto que estamos por aquí.

El #carpediem amic, eso de lo que nos llenábamos la boca y aunque lo intentáramos llevar a cabo, muchas veces nos quedábamos solo en el intento. Te escribo porque hace tiempo que no lo hacía y para explicarte que aquel proyecto en el que estaba envuelto y que por razones que muy bien conoces no había forma de concretar, ya está en la rampa de lanzamiento.

Habíamos hablado mucho de la historia. Me aportaste diferentes puntos de vista, te comenté cómo pensábamos realizar la investigación y cómo evolucionaba la misma. Por aquel entonces, marzo de 2018, estaba inmerso en la historia. Viajando a Madrid y a Cádiz, buscando fechas con Alberto para viajar a Italia, quedando con decenas de protagonistas para intentar hilar con la máxima precisión posible la historia de Jesús, buscando poco a poco las piezas para reconstruir el rompecabezas lo más preciso posible, confrontando versiones, comprobando datos…. Pero el tiempo se detuvo en aquel instante.

Aquello me cambió para siempre, me ha cambiado para siempre y quedó el proyecto aparcado ‘sine die’. ¿El motivo? Era incapaz de redactar un texto que no destilara la tristeza interior que desprendía. No eran las pantallas en blanco las que me daban miedo, simplemente que el tono no tenía nada que ver con lo escrito anteriormente. Una y otra vez, suprimir-suprimir-suprimir, cerrar ventana, quiere guardar? No, para qué.

Y después llegó otro momento muy duro, nueve meses complicadísimos en los que me replanteé todo, pero que me sirvieron para obtener el impulso para volver a escribir. Nunca se lo agradeceré suficiente a Joan Egea y a Encarna Galindo, quien me puso sobre la pista en una conversación telefónica que nunca olvidaré.

Escribir fue la terapia, el proyecto ya lo tenía, el impulso se regeneró, ahora tenía tiempo y Alberto Martínez dirigió con maestría la sala de máquinas cuando yo parecía haber abandonado el timón. Bueno, Euse ya te iré contando más cosas. Ahora andamos con los preparativos, las presentaciones, la lista de invitados, las entrevistas, las fechas en Barcelona y en Madrid. Sé que te hubiera encantado disfrutar de estos momentos, al menos tendrás una dedicatoria con letras de molde.

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Qué veo. Qué leo.

La frase

Esta no es una historia triste, es una historia breve sobre una vida plena