Tan solo fueron unos metros, unos pocos minutos, pero me supieron a gloria. No recordaba cuánto tiempo había pasado desde la última vez, desde aquel momento en el que la rodilla crujió, los ligamentos saltaron como resortes y me prohibieron correr más, algo que durante muchos años me había hecho sentir muy bien.
Y volví a sentir aquello que Haruki Murakami describe tan bien: “Los pensamientos que surgen mientras corro son como nubes en el cielo”. En realidad son una manera de reencontrarme con mi yo del pasado, con aquel chaval que iba por la vida corriendo, no vaya a ser que se le escapara nada, y todo lo medía en horas, minutos y segundos.
Empecé caminando, cada vez más rápido, hasta que pensé: “por qué no”. La rodilla izquierda, con dos ligamentos cruzados rotos respondía de una manera que no recordaba y me animé. Todo fluía. Primero fueron cien metros y unos cuantos más caminando, después doscientos, trescientos…
Llegó un momento en el que no me lo creía. La musculatura, fruto de los miles de kilómetros en bici con lo que siempre maté el gusanillo, respondía y al llegar a casa, tuve que explicar la hazaña a mis hijas y a Lucy.
Poco acostumbrado a ese ejercicio, los cuádriceps estaban a punto de reventar, cargados; y mi cabeza instintivamente se iba a comprobar si la rodilla se hinchaba, si había algún tipo de dolor. Nada. Felicidad.
De hecho esta noche, me he despertado repetidamente para comprobar que todo seguía en orden y así es. Miro de reojo y no acabo de creérmelo, sé que fueron unos pocos metros, unos minutos, pero me hicieron sentir como nunca:
«Algunas cosas pueden parecer nada y lo son todo. Hay que saber ver, aprender a apreciar lo menudo y a despreciar lo que sólo hace bulto. Nada que parece grande ni que reluce en exceso tiene gran validez. Lo bueno es aquello que sin grandes destellos lo llena todo». Laforet, Carmen (1944). Nada.
La foto es de Roah Head